Boletín 51 - La experiencia en India de Bruno y Arnau
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- 20 abr
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Después de un largo viaje en avión desde Barcelona, llegamos al aeropuerto de Mumbai, en India, donde nos recibió Varghese con una gran sonrisa. Desde este primer momento ya empezamos a sentir la proximidad y la hospitalidad de la gente. Aunque el cansancio del viaje era importante, teníamos muchas ganas de empezar a descubrir todo el que nos esperaba.
Nuestros primeros días fueron a Mumbai, una ciudad enorme, llena de vida y de gente por todas partes. Nos gritó mucho la atención la cantidad de personas, el ritmo constante de la ciudad y todo el que pasaba a nuestro alrededor. Pudimos visitar lugares como la Iglesia Afgana, la Puerta de India y una mezquita situada en medio del mar, que nos parecieron lugares muy bonitos e impresionantes. También nos sorprendieron mucho los contrastes de la ciudad, pero sobre todo nos quedamos con la energía que se respira en cada rincón. Aun así, sabíamos que el más especial del viaje estaba para venir.
Poco después, cogimos un tren hacia Nandurbar junto a Clarence y Varghese. Este trayecto ya fue toda una experiencia, viendo como el paisaje cambiaba despacio. Al llegar, empezamos a conocer de verdad la zona y a su gente, y desde el primer momento nos sentimos muy bien acogidos. Nos encontramos con personas muy próximas, siempre con una sonrisa, muy hospitalarias y con muchas ganas de compartir su día a día con nosotros.
Durante estos días también hicimos muchos trayectos en coche por carreteras en mal sido, especialmente por las lluvias del monzón. Fueron viajes largos, con muchos baches, curvas y momentos en los cuales parecía que el camino no se iba a acabar nunca. Pero lejos de ser una cosa negativa, lo vivimos como una aventura constante. Entre risas, conversaciones y anécdotas, estos trayectos se convirtieron en parte importante del viaje. Además, los paisajes que veíamos durante el camino eran increíbles: mucha naturaleza, montañas, campos verdes y pequeños pueblos que nos permitían ver cómo es la vida allá.
A Nandurbar visitamos varios internados, como Jan Seva Mandal, donde pudimos ver de cerca el gran trabajo que se está haciendo. Nos impresionó mucho el esfuerzo de los profesores, especialmente Father Godfrey, y el ambiente que se respira en estos centros. Nos gustó especialmente ver como jóvenes de la propia comunidad ayudan a los más pequeños, enseñándolos maratí y también inglés antes de que empiecen la escuela pública. Se nota que hay muchas ganas de aprender y de mejorar.
Los niños nos marcaron mucho. Siempre estaban alegres, con ganas de jugar, de aprender y de estar con nosotros. Nos sorprendió el educados que eran y el agradecidos que se mostraban por cualquier pequeño gesto. Con muy poco, eran capaces de transmitir una felicidad enorme, y esto es una cosa que nos llevamos por siempre jamás.
También compartimos tiempo con grupos de mujeres de los poblados, que nos explicaron cómo se organizan para ahorrar juntas y darse pequeños préstamos. Gracias a esto pueden montar pequeños negocios y ayudar sus familias a salir adelante. Nos impresionó mucho la unión que tienen entre ellas y la fuerza con la cual afrontan su día a día.
La última parte del viaje nos llevó hasta el poblado de Ambata, después de varias horas de coche por caminos complicados entre montañas. Allí entendimos todavía mejor la importancia de los internados. Cuando acaba la temporada de lluvias, muchos padres tienen que irse a trabajar lejos, y estos centros se convierten en el hogar de los niños y niñas durante meses.
A pesar de esta situación, el que vivimos allá fue increíble. Los niños estaban siempre alegres, con una actitud muy positiva y con muchas ganas de compartir tiempos con nosotros. Tuvimos la suerte de coincidir con la celebración del Día del Profesor en la escuela, y fue un momento muy especial. Hubo discursos, bailes y actuaciones preparadas con mucha ilusión. Ver sus caras de felicidad, como se esforzaban y como disfrutaban, fue una cosa que no olvidaremos.
En general, ha sido un viaje que nos ha enseñado muchísimo. No solo por los lugares increíbles que hemos visitado, tanto en la ciudad como en la naturaleza, sino sobre todo por las personas que hemos conocido. Nos llevamos el recuerdo de gente muy buena, muy próxima y muy hospitalaria, que nos ha abierto las puertas de su casa y de su vida.
Queremos dar las gracias de corazón a toda la Fundación y a todas las personas que han hecho posible esta experiencia. Gracias para acogernos, para cuidarnos, para enseñarnos tanto y para hacernos sentir como casa en todo momento. Nos llevamos recuerdos, aprendizajes, momentos de risas y también nuevas amistades que esperamos mantener en el tiempo.
Un agradecimiento muy especial a Clarence, Varghese y Amito; a las hermanas Joycee y Jacqueline; a los padres Wendell, Godfrey y Wencesl; y a muchos más que, aunque ahora no nos vengan todos al frente, también forman parte de este viaje.
Ha sido una experiencia única que siempre recordaremos con muchísimo afecto. Gracias!
Arnau Pardo y Bruno Miralles


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